…y lleno de charcos que, mi dragón y yo esquivábamos malhumorados. Serían las cinco de la tarde y era casi de noche. Los bajos de mi pantalón en modo esponja y sus patas empapadas.
Era un día triste y tristes estábamos, una vez dentro de la estación, un pasillo húmedo lleno de riachuelos que bajaban por la escalera, y allí estaba ese joven africano, una manta llena de cd’s y unos paraguas, a oscuras, mirando a la nada…al pasar a su lado, decidí comprarle un paraguas, que de antemano sabía, no iba a usar ya que ni a mi dragón ni a mí nos resultan cómodos.
Lo único que yo llevaba en ese momento era un billete de 20 euros, me arrepentí de haber parado, sentí vergüenza, luego le pregunté si tenía cambio. Tras encogerse de hombros extendió su mano, en ella unas cuantas monedas, al comprobar que no tenía, y lo peor, que él ni siquiera lo sabía, mandé al dragón por monedas, tras asustar al taquillero, consiguió el cambio, pagamos el paraguas y marchamos apenados…